Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría

Así titula el mensaje de la cuaresma 2018 el papa Francisco inspirándose en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12) Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, allí donde inicia la pasión del Señor.

Los falsos profetas

Los falsos profetas son como «encantadores de serpientes» que se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos.

Los falsos profetas son «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas.

Un corazón frío

Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo; su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?

Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos. Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.

También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares contaminados; los cielos surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.

¿Qué podemos hacer?

La Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina, a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el remedio de la oración, la limosna y el ayuno.

La oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos.

La limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: y que nunca lo que tengo es sólo mío.

El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; y por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios.