El reto de nuestra Centroamérica inquieta y juvenil

Ismael Moreno es un sacerdote jesuita que se ha convertido en uno de los principales líderes opositores en Honduras, un país que, de acuerdo con cifras oficiales, es el más violento de Centroamérica. Es periodista en uno de los países más peligrosos para ejercer ese oficio donde han sido asesinados más de 20 periodistas desde el 2009, y el Padre Melo, como lo llama la gente, asegura no tener miedo y lo confirma en sus continuas participaciones en manifestaciones contra las injusticias sociales y conferencias donde su discurso está permeado por la necesidad de un cambio estructural urgente, donde la juventud centroamericana juega un papel ineludiblemente preponderante. Recientemente visitó la Universidad Centroamericana (UCA) en el marco del XVI Encuentro de Universidades Jesuitas de Centroamérica, espacio en el que no perdió la oportunidad para llamar a un cambio desde lo más profundo del ser, un cambio de pensamiento que lleve a la gente a actuar.

Su ponencia "El contexto centroamericano en la actualidad" podría deducir un contexto desalentador ¿Hay algo prometedor en la Centroamérica actual?

En el análisis de la realidad se ha de ser frío en identificar los problemas y conflictos, los dramas y los dinamismos generadores de injusticias y violencias, pero se debe ser optimista al momento de ofrecer propuestas y caminos de solución. En la Centroamérica actual, la ebullición existente es igualmente un dato que estremece a la sociedad, pero a su vez es prometedor, porque recoge por una parte la calamidad humana y social que se expresa en descontentos y malestares, en rechazos a políticas oficiales y empresariales, y por otra parte, demanda la orientación política que necesita tener, puesto que se trata de una ebullición sin rumbo y sin conducción. En esta ebullición es la juventud la que sufre las consecuencias de las desigualdades y de la violencia, y a su vez, es la conductora de descontentos. Lo más prometedor de nuestra Centroamérica se encuentra en esta juventud rebelde, molesta, inquieta. El cómo convertir estos malestares y descontentos en una fuerza que represente y erija una nueva generación política y social que conduzca procesos hacia la transformación social, es sin duda una de las tareas más claras y hermosas en nuestra Centroamérica inquieta y juvenil.

La vida del P. Ismael Moreno S.J. ha estado marcada por la violencia. En 1974 cuando tenía 16 años sufrió el asesinato de su padre. Oficialmente, se trató de un robo con violencia, pero el padre Melo nunca aprobó esa versión porque su padre era un dirigente campesino que participaba en las expropiaciones de tierras.

Años después, cuando recién fue ordenado sacerdote, se vio tocado por una de las masacres más sangrientas en la historia de la Compañía de Jesús: el asesinato de seis jesuitas y dos empleadas de la Universidad Centroamericana (UCA) de San Salvador. El 16 de noviembre de 1989, un comando élite del ejército de El Salvador irrumpió de noche en la universidad y asesinó a los sacerdotes Ignacio Ellacuría, Amando López, Ignacio Martín-Baró, Joaquín López, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, así como a Elba y Celina Ramos, trabajadoras de la institución. López fue su director de tesis, Ellacuría su maestro y fue amigo cercano de Elba y su hija con quienes pasaría la navidad ese año.

En su ponencia mencionó que había mucha información, pero cada vez con menos conocimiento. ¿A quienes toca esta crítica? ¿Al sistema educativo, las universidades, a la familia? y ¿dónde la gente puede encontrar ese conocimiento?

La era de la información con sus constantes nuevas tecnologías busca sustituir el mundo real con el virtual. Y esto es engañoso. Nos conduce a creer que todo se define a partir de hacerle un clic al celular o a la computadora, y que así tenemos acceso a todo lo que buscamos y queremos. Es la lógica de la velocidad, de lo relativo y de lo pasajero. Sin embargo, detrás de ella existe una humanidad avasallada, explotada, enajenada que cree que todo lo encuentra en el mercado, pero desconoce de manera absoluta los dinamismos de explotación que han conducido a esos productos que adquirimos. En ese sentido, la responsabilidad de tener acceso a todo y cada vez estar más enajenado es del sistema sostenido por transnacionales y capitales concentrados en muy pocas manos. Es un problema estructural en el cual estamos envueltos las universidades e instituciones educativas, tanto privadas como públicas. Evitar que nos consuma el mundo virtual y mantener una permanente sospecha a lo que consumimos, es una actitud necesaria de las universidades, para que no acabemos totalmente sometidos a quienes conducen las nuevas tecnologías. Alimentar las prácticas de lecturas, de análisis de contexto, saber situar históricamente lo que somos y vivimos son algunas tareas que las universidades pueden promover e impulsar.

Durante su conferencia destacó el "desencanto" que experimenta Centroamérica por la falta de institucionalidad, por la crisis democrática. ¿Pero usted cree que también es válido marcar un desencanto espiritual con una iglesia abierta y crítica en algunos espacios, pero cerrada en muchos otros, muy visible en algunos sectores y casi inexistente para otros?

La crisis de institucionalidad no es solo en el Estado, lo es también en las iglesias. Existe una tendencia a subordinar la responsabilidad institucional a la discreción y arbitrariedad de personas que tienen poder. Es la lógica de los personalismos por encima de la institucionalidad. Es más, personas y grupos buscan ser ellas mismas las instituciones. En algunos países la institucionalidad del Estado ha dejado de ser de Estado de Derecho para convertirse en institucionalidad de la discreción personalista. Es la lógica de la ley de los fuertes por encima de la legislación del Estado de Derecho. Y esto permea evidentemente a las iglesias. Las iglesias con frecuencia elevan perfiles de personas, y sobre todo de varones, acentuando el paradigma dominante de que son los hombres los que manejan el poder, un poder desde arriba, que domina, controla y aplasta. Este paradigma es ingratamente sostenido por esa concepción divina de que, a fin de cuentas, quien está arriba recibe la bendición de Dios que está todavía más arriba.

Un paradigma arraigado…

Este paradigma es el que sostiene la explotación y el control de la sociedad, y atraviesa la institucionalidad de la Iglesia. Romper este paradigma es sin duda la tarea humana, institucional y espiritual más noble que tenemos por delante, puesto que el paradigma dominante actual aplasta y deshumaniza. Necesitamos abrirnos hacia la construcción de nuevos paradigmas que redefinan el poder, entendido como la capacidad para provocar cambios significativos en los demás y en el entorno desde la horizontalidad y desde nuevas relaciones de género. Un paradigma que se base en la democracia y en una institucionalidad que dignifica y expresa la búsqueda de bienestar de todas las personas.

¿Qué rol tiene en la actualidad la universidad jesuita para aportar al cambio en la sociedad centroamericana, para la creación de esos nuevos paradigmas?

Contribuir a develar el paradigma dominante, cuestionar el concepto de poder y el poder que existe detrás de los que sostienen las tecnologías. Contribuir desde el aporte universitario a buscar caminos que conduzcan a recuperar el Estado de Derecho y a investigar dinamismos que empobrecen a la sociedad con el fin de elaborar propuestas públicas que conduzcan a disminuir las desigualdades y la injusta organización actual de los bienes comunes. Este es el reto.