Discurso de Graduación de Posgrado 2016

Antonio Monte
IHNCA-UCA

Buenas noches, Padre José Idiáquez, Rector de la Universidad Centroamericana, Dr. Jorge Huete, vice-rector de la universidad y Dra. Renata Rodrigues, vice-rectora académica. Decanos de las facultades y directores de los institutos de investigación. Quiero mencionar especialmente a Margarita Vannini, directora del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica el IHNCA institución que represento, y la Dra. Ileana Rodríguez, directora de la Maestría en Estudios Culturales. Sobre todo, buenas noches graduadas y graduados, colegas.

Quiero primero agradecer tanto a las autoridades de la universidad como a la coordinación de la gestión académica de la UCA, por brindarme la oportunidad de compartir unas palabras en este acto de graduación. Parece un tanto irónico llegar a este momento de júbilo y celebración luego de un año absolutamente catastrófico, visto desde cualquier ángulo. No solo continuaron las guerras a las que estamos acostumbrados en el medio oriente, sino que vimos su rápido descenso a niveles impensados de crueldad, cuando los cuerpos de niños cubiertos de escombros y sangre inundaron nuestras pantallas.

Más recientemente, la elección de Donald Trump ya desató una ola de odio racista alrededor de los Estados Unidos, en donde aparecieron esvásticas descritas por palabras despectivas en contra de nuestros hermanos latinoamericanos que viven en ese país. Podemos pensar que esto no nos atañe, o no nos incumbe y preguntarnos sardónicamente “¿Qué es lo peor que puede pasar?” Curiosamente, muchas y muchos nicaragüenses se hicieron la misma pregunta, luego de la elección de Ronald Reagan en 1980. Nosotros, hoy en día, ya sabemos qué es lo peor que puede pasar con la elección de un presidente radical en los Estados Unidos, hasta el punto que hoy todavía no sabemos cuántos murieron en la guerra civil.

La muerte, a su vez, nos ha rodeado desde distintos ámbitos, no solo las celebridades como Juan Gabriel; en Centroamérica perdimos a Berta Cáceres y, en nuestra Nicaragua, al padre Fernando Cardenal y la poeta Vidaluz Meneses. Siento que no tuvimos mucho tiempo para detenernos a pensar sobre estas tragedias, estábamos ocupados escribiendo tesis, terminando proyectos de clase o calculando indicadores del marco lógico. Con estas palabras quiero dedicarle unos minutos a esta reflexión que creo, hemos postergado, y se hace necesaria al final de este terrible año.

Me identifico especialmente con estas últimas tres vidas ilustres que mencioné. Con Berta, porque murió padeciendo una violencia ya repetitiva en nuestra región: la represión militar y el terror de estado. Desde mi experiencia en la Maestría en Estudios Culturales, aprendí el valor de la academia. Esto es, la importancia de generar y producir conocimiento, de escribir bien y pensar bien. Por encima de ello, aprendí a reconocer la vital importancia de la educación con fines sociales y humanos. Esto es un privilegio, porque vivimos en un momento en que pensar y criticar vuelven a ser valores reprimidos, e, inclusive, considerados peligrosos y adversos al orden que nos rige. Protestar ha vuelto a ser considerado un acto de delincuencia, cuando la protesta intenta defender a los pueblos que más han sufrido la injusticia, como los indígenas, quiénes también en nuestra misma Nicaragua están siendo desaparecidos.

El padre Fernando me afecta personalmente. Esto se debe a mi conexión particular con la universidad y la pedagogía ignaciana. Como miembro del Instituto de Historia y docente de la UCA, sé que el pasado de nuestra universidad tiene mucho que decir y enseñar. El pasado de la UCA es tanto una luz en medio de la oscuridad como una gran carga. El 16 de noviembre pasado recordamos a los padres jesuitas quienes, al igual que Berta, murieron asesinados justamente por pensar y criticar las injusticias más evidentes de nuestras sociedades centroamericanas. Jesuitas como Martín Baró, Ignacio Ellacuría y Segundo Montes, entre otros, entregaron su ejemplo de vida para enfrentar el terror en sus momentos más álgidos.

La vida del padre Fernando, por su parte, es testimonio de un tiempo no tan lejano, en que los graduados de esta universidad salían comprometidos con la mística de los pobres, pensando en que el fin de la educación era la liberación, tanto económica y política, como espiritual. Esto era, sin duda, un compromiso tenaz, porque a muchos les costó la vida, y a otros un enorme desencanto y desilusión perceptible en nuestros padres y madres, hasta el día de hoy.

Entonces, me pregunto, ¿qué significa culminar exitosamente los estudios superiores en una sociedad en donde la educación ha fracasado en curar sus traumas? ¿Qué significa especializarse en tendencias modernas de la ciencia, de la economía aplicada, el derecho procesal y las certificaciones ISO, en un país que todavía no puede solucionar sus peores injusticias? ¿De qué vale sacrificar tiempo y dinero en la profesionalización de nuestras disciplinas, si no pueden resolver nuestros temores más profundos o apaciguar nuestros dolores más agudos?

Lastimosamente, yo no puedo responder estas preguntas, pero creo que es importante enunciarlas en voz alta en este espacio. Creo que esta es una pregunta generacional que cada uno de nosotros y nosotras estamos llamados a contestar. Encontramos esta misma pregunta en la novela de una escritora salvadoreña, Vanessa Núéz Handal, perteneciente a nuestra generación. En su novela, ella recuerda que el padre Manuel, profesor de su escuela les planteó lo siguiente: “Estos son los miles y miles de salvadoreños hijos de Dios, que pasan hambre, frío y enfermedades sin que nadie los ayude. ¿Qué podemos hacer, nosotros los cristianaos que tenemos la suerte de haber nacido en casas donde nunca hizo falta nada, para ayudarlos?

Ni los cristianos, ni los agnósticos, ni académicos, empresarios o estudiantes, reaccionaron a tiempo. Ese gran sufrimiento se vivió en silencio. De ahí el título de la novela, Dios tenía miedo. Por tanto, lo único que puedo ofrecer es una breve reflexión desde la literatura y la poesía, dos expresiones de nuestra humanidad que todavía no nos abandonan.

Ciertamente, hay dos posturas que podemos tomar después de recibir estos títulos. Una es gozar de las mejoras en status laboral, subir en los escalafones profesionales y contentarse con las mejoras salariales que esta certificación conlleva. Muy parecido al padre de Núñez Handal en la novela, quien “recostado en una hamaca y con una Pilsener en la mano” decía que “debíamos dar gracias a Dios por tener un lugar donde vacacionar todos los años”. Aun cuando el camino para llegar a la playa hedía por los cadáveres guindados en los árboles que adornaban el boulevard principal.

Esa postura es válida, y verdaderamente placentera y gratificante. Estudiar, educarse y superarse personalmente está bien. Y en una sociedad analfabeta e iletrada, es casi un acto revolucionario. Pero me atrevo a proponer otra postura, esta va un poco más lejos y requiere que internalicemos con mayor problematización el lugar que vamos a ocupar en el orden de las cosas.

Núñez Handal enfatiza que podemos seguir “condenados a vivir el miedo en silencio”, al dar la espalda a las injusticias que requieren de nuestra atención. Así, un posgrado y una maestría pueden ser los medios para buscar un lindo residencial apartado por murallas y financiar un sistema de alarmas alrededor de nuestra casa. Pero como la escritora salvadoreña nos da una lección acerca de esta decisión. Cuando recuerda su casa recién amurallada dice, “Creíamos que así el peligro se aminoraba, pero lo que se reducía era nuestro mundo”. Al final de su novela, la autora llega a la siguiente conclusión: “Entonces, como quien despierta de un letargo, comprendí que yo también había vivido de espaldas y había llenado mi mundo de aquello que no pudiera dañarme. Pero los muertos, que ahora me hablaban, reclamaban mi desdén y mi indiferencia ante sus suplicios.

Podemos preguntarnos si los muertos realmente hablan. Yo creo que sí. Ciertamente están hablando a través de mí en este discurso. Pero lo que podemos aprender de esta novela y la experiencia de la autora citada es que nuestro silencio y apatía volverán con venganza algún día. Y si nos sentamos a preguntamos qué es lo peor que puede pasar, nos podemos topar con atrocidades peores que la guerra civil. Estas historias muestran, al parecer, que siempre llega un momento en que los muros no son lo sufrientemente altos y no hay lugar dónde refugiarnos. En este sentido, creo que la segunda opción con respecto al título universitario requiere que lo veamos como algo más que un mérito.

Pienso que lo podemos ver como un boleto de entrada al terreno de juego, ahí dónde la competencia se arrecia, donde ocurren los problemas, donde la gente sufre y donde lo más seguro es que salgamos heridos. No obstante, no estamos solos y partimos desde una situación favorecida. Ya contamos con el regocijo de saber que personas como Berta, Fernando y Vidaluz ya lo intentaron, y nos dejaron bases sobre las cuales podemos construir, nos dejaron un plan de juego que podemos modificar y mejorar. Quizá los necesitamos más que nunca, quizá su partida es nuestro llamado a llenar sus zapatos. Esta es la cuestión que debemos contestar desde nuestra generación, los jóvenes, entrar o no en forcejear con las dinámicas de nuestro tiempo y espacio.

Puede que tengamos miedo o indiferencia, pero es válido recordar que nos sentimos pequeños cuando vemos el universo desde las orillas, solo nos hacemos grandes si saltamos adentro. La actitud de mis compañeros y compañeras de maestría me llena de aliento en este sentido, ya que demostraron una gran capacidad para imaginar y enfrentar estos retos que tenemos por delante. Esta es la tenue esperanza que podemos comenzar a tejer.

Muchas gracias.

MSc. Antonio Monte
Mejor graduado
Graduación de Posgrado 2016
Universidad Centroamericana